viernes, 11 de octubre de 2019

La entrevista







–Buenos días señora Arcos, soy Malena Gómez, la responsable de Recursos Humanos de esta empresa. Quiero informarle que el puesto que se ofrece requiere una cualificación muy específica aparte de responsabilidad, experiencia y resolución– dijo la entrevistadora entrando en el despacho, a modo de frío saludo .

Malena se sentó con la espada muy recta en un sillón estratégicamente colocado unos centímetros más alto que el de su entrevistada, la barbilla levantada hacia arriba y la mirada clavada en la mujer que tenía en frente.

– Lo sé. Por eso estoy aquí – respondió Laura con una voz firme que denotaba seguridad y soltura.

– He revisado su curriculum y su cualificación no es la que requiere el puesto. Es cierto que tiene experiencia en otros campos, pero en concreto, en este sector no ha trabajado nunca. Y siento decirle que su edad no se ajusta a la requerida, ya que, como bien sabe, en los requisitos se especifica  “entre 25 y 35 años”  con el objetivo de ofrecer una imagen joven y atractiva a nuestros clientes.

 – Es cierto,  ya paso de los cuarenta y le aseguro que me siento joven, activa, atractiva, capaz de trabajar duro y de resolver los problemas que puedan surgir de manera inesperada.

– Perdone Sra. Arcos, pero no la veo capacitada para asumir la responsabilidad que conlleva ser la primera imagen que verán nuestros clientes al entrar en nuestras instalaciones.

– ¿Se refiere a que me ve incapaz de indicar donde están los despachos o los baños, o de atender una llamada de teléfono después de llevar trabajado en oficinas más de quince años?
Porque estamos hablando del puesto de recepcionista, ¿verdad?, a ver si estoy confundida y me está usted entrevistando para un puesto de ingeniera de finanzas – dijo Laura con una sonrisa fingida.

 – Sí, es para recepcionista, por eso le insisto en la necesidad de que el puesto requiere a alguien que ofrezca la mejor imagen de nuestra entidad.

 – Querida Malena, es una pena que usted le haga el juego a sus jefes-hombres-machos, seleccionando con sus criterios y en base a una imagen diseñada para sus fines, a una joven guapa e inexperta a la que prometan  ascensos si son simpáticas, agradables y sumisas con ellos, en vez de valorar el bagaje, la soltura, el saber hacer y la mano izquierda de alguien con experiencia, tanto en trabajo, como en el trato con las personas – dijo Laura levantándose de la mesa mientras seguía hablando encaminándose hacia la puerta

 – La buena imagen la dará la empresa, no por fachada de la recepcionista, sino por su seriedad, el trato personalizado que reciba cada cliente, la relación que se establezca con cada uno de ellos, la confianza que ofrezca la persona que los atienda...  Eso es lo que yo le ofrezco. Y si me permite, Malena, ¿puedo preguntarle su edad?

Malena con los hombros relajados, mirando a Laura con media sonrisa en la comisura de los labios y extendiendo su mano para estrechar la de ella, exclama:

– Laura, el puesto es suyo.

Araceli Míguez, 2014

El viaje de Emma





El viaje de Emma

Este invierno ha sido especialmente duro para Emma, el trabajo en el banco con todas las denuncias, auditorías, presentaciones de activos, hipotecas, etc., la habían dejado extenuada.

Casi no había tenido tiempo para Ernesto, su marido y sus dos hijos, Carmen y Fernando, pues el trabajo le absorbía la mayor parte del día. Cuando llegaba a casa ya estaban con el pijama puesto y preparados para irse a la cama. Hacía un esfuerzo por contarles un cuento para, al menos, compartir unos minutos con ellos. Antes acostarse, comentaba con Ernesto los acontecimientos del día, las facturas pendientes, los horarios de dentista, médicos y actividades varias.

Ernesto y ella más que una pareja, parecían los gestores que sacaban adelante un hogar y una familia. Los fines de semana no eran más tranquilos. Alternando los almuerzos entre sus padres y suegros, llevando a los niños a celebraciones, cumpleaños, partidos de fútbol, al cine, al teatro... Tenía programada su agenda para que todo encajara, incluso apuntaba las noches en las que ella y su marido tendrían sexo.

Instalada en esta rutina, una mañana Emma comienza a ver a las puertas de la sucursal un grupo de personas, sobre todo mujeres y niños, que portaban pancartas caseras,  hechas con trozos de cartón y telas, pidiendo que no les echaran de sus casas.

Un día tras otro, para entrar en su oficina, intenta sortear a la muchedumbre congregada, cada vez más numerosa y las miradas de desesperación de las personas con las que se cruza van haciendo mella en su ánimo.

El lunes por la mañana llovía, la gente seguía allí, con paraguas, impermeables y rodeados de coches de la policía. Se fijó en una mujer de unos sesenta años, con el pelo oscuro, rostro aceitunado y ojos negros, unos ojos grandes y tristes que agarrándole la manga de su gabardina le implora:

–Señora, por lo que más quiera, haga el favor de decirle a esos señores del banco que no tenemos donde ir. Si yo tuviera para pagar las letras del piso ¿usted cree que estaría aquí con mi artrosis y mi 'diabetis'?
–Señora, usted con esas enfermedades, tendría que estar en su casa. Además va a coger un resfriado.
–Tengo que estar aquí, “miarma”, ya no es por mí. Somos siete los que vivimos en el piso que su banco nos quiere quitar: mi hija, su marido, mis tres nietos, mi hijo de veinte años y yo. Ninguno tenemos trabajo, ni sueldo, malvivimos con lo que vamos sacando de vender en los mercadillos y hacer chapuzas.
–¿Y cómo vive su familia?
– Pues, yo me las apaño como puedo, hago croché y coso, algún arreglillo para la calle, pero mis vecinos están igual de tiesos que nosotros y poco encargo hay.  Me ocupo de la casa y de los niños. Cocino para mi familia y para mi vecina Pepa que está 'mu malita', la mujer y no puede moverse. No sabe usted lo que estiro yo un pollo;  con unos garbanzos  y unas papas tengo sopa para tres días y a veces sin pollo ni “ná”, nada más que papas, con un manojo de apio y otro de yerbabuena.
Mi hija limpia escaleras por la mañana y por la tarde cuida a un anciano. Mi hijo y mi yerno están a lo que sale, pero cuando no hay dinero, la gente no lo puede gastar.
Y los sábados vendemos en el mercadillo las cosas que nos hemos encontrado en los contenedores.
–Señora intentaré ayudar en lo que pueda. ¿Cómo se llama usted?
La pregunta sale impregnada de angustia de la boca de Emma
–Juana Heredia Martín, 'pa servirle'. Mire, ahí está mi hija Carmela.

Carmela se acerca preocupada, mordiéndose el labio inferior, está empapada. Se parece a Juana en los ojos aunque tiene un rictus más serio.

–Hola Carmela, soy Emma, trabajo en esta sucursal y de verdad que no sé cómo ayudaros. Soy abogada y mi trabajo consiste en defender al banco de las denuncias  ¡Ojalá pudiera hacer algo por vosotros pero puedo perder mi trabajo!
Carmela la saluda con frialdad y la mira con desconfianza.

Cada día, antes de entrar en el banco, Emma habla con Juana, Carmela, Fina, Tere, María, Dolores… se percata que ellas son las cabecillas, también va conociendo a sus familias y las historias que cada una lleva sobre su espalda. 

Después se enfrasca en papeles, documentos judiciales, requerimientos…, pero sigue viendo las miradas de esas mujeres fuertes y valientes que se turnan para que la protesta no cese, enfrentándose a la policía, a los vecinos bien vestidos y a las estiradas de misa dominguera, que las miran con desprecio.

Esa noche llega a casa y mientras prepara un tentempié en la cocina, solloza calladamente. Ernesto desconcertado la abraza y Emma le cuenta todo lo que está pasando y los sentimientos de culpa e impotencia que le produce.

–Cuenta conmigo– le susurra Ernesto acariciándole el pelo.
Hoy Emma  les ha traído un papelón de churros y habla con María.
–No veo a Juana hoy, ¿Qué le ha pasado?
–Viene más tarde porque ha tenido que ir al colegio de los nietos a hablar con el director. ¿Qué habrán hecho ahora los “joíos”?
–Señora Emma, que como hoy es el cumpleaños de mi nieto, que quería invitarla a que se venga usted esta tarde a tomar café. –  La invitación viene de Juana que se acerca apresurada, mientras María la mira con curiosidad esperando su respuesta.
–¿Cuántos años tiene su nieto?
– Mi Manué tiene 8 años.
–¿A qué hora Juana?
–A las seis, apunte las señas. Barriada Las Margaritas, calle Prado, Bloque 21 A, piso 7 A.

Emma llega a un barrio desconocido, nunca ha estado allí y el viaje apenas ha durado veinte minutos desde su casa. Acude  a la celebración acompañada de sus hijos. Carmen lleva envuelto en papel de regalo un chándal y Fernando un balón de futbol para el homenajeado. La reciben con toda cortesía, ella deposita en la mesa una caja con pastas y toma café con Juana, María  y tres vecinas, mientras que los niños salen y entran de la pequeña sala jugando con el reluciente balón hasta que la abuela los deja bajar a la plaza de abajo para que no rompan nada en el diminuto salón.

Al despedirse, sus hijos le piden quedarse un ratito más pero les recuerda que tienen deberes que terminar. Por el camino la acribillan a preguntas sobre sus nuevos amigos. Emma llega a casa con un sentimiento de frustración y de rabia. No puede imaginarse qué hará la familia de Juana, y las otras familias si los desahucian. Lo comenta con Ernesto y ambos acuerdan iniciar gestiones con amigos, conocidos y entidades para ayudar a estas familias.

Habla con Pablo, el director del banco, intenta persuadirlo para que aplacen los pagos y que se busque una solución para estas familias
–No está de mi mano. Lo siento. Pero y si...
Siente la amargura en la voz de Pablo y escucha atentamente las palabras que a continuación le susurra.
Ambos saben que el banco será implacable y que los desahucios son inminentes.

Al llegar a casa comenta con Ernesto su conversación con Pablo y después de acostar a los niños se disponen a llevar a cabo su plan. Mientras ella repasa con el índice de la A a la Z los contactos de su móvil, llama a algunos de ellos y envía mensajes, Ernesto teclea en la pantalla de la tableta.

Al día siguiente junto a las mujeres que protestan, se ve a un nutrido grupo de artistas muy conocidos; actores, cantantes, toreros, jugadores de fútbol, escritores, caras habituales en las revistas y programas rosas.

También se han congregado junto a las familias políticos, sindicalistas, estudiantes universitarios, músicos con sus instrumentos, ancianos…

Se agolpan alrededor de los famosos una docena de cámaras de distintas televisiones y un colorido grupo de micrófonos con el logo de cada medio. Acercan los micrófonos a los personajes de la tele y todos dan igual respuesta; 'O se dan soluciones para estas familias o retiramos nuestros fondos de este banco'.

Algunos transeúntes que pasan también se unen y entre todos cortan el tráfico. Los coches hacen sonar sus bocinas y las sirenas de la policía suenan cada vez más cerca…

La puerta del banco se abre, Pablo, el director,  sale al encuentro de los medios y aclarándose la voz anuncia:

–Nuestro banco ha tratado en distintas reuniones este tema y se ha llegado con las administraciones públicas a los acuerdos que a continuación detallo:
-Se va a conceder a los inquilinos  dos años de estancia en régimen especial de alquiler de vivienda social.
-Se habilitará un fondo solidario para becas y ayudas enfocadas a la educación de los menores de 25 años.
-Se impartirá formación gratuita en distintas áreas de mantenimiento, jardinería, cocina y otras ocupaciones.
-Se creará una bolsa de trabajo rotatoria para realizar trabajos en las sucursales de nuestra entidad, así como en otros edificios públicos.
-Se revisará cada caso y se negociará con cada familia fórmulas que les permita mantener su vivienda– termina Pablo y se queda parado en la puerta del banco.

Todas las personas congregadas se quedan perplejas y después de unos instantes de silencio empiezan a aplaudir. Juana, María, Fina y todas las demás se abrazan emocionadas y dan saltos de alegría por la noticia.

Emma toma de la mano a Ernesto y ambos se miran con complicidad.

Una vez que se alejan los micrófonos en dirección a las mujeres, Emma se acerca al director y pone su mano en el hombro, rozando con los labios la mejilla de su jefe.
–Emma, esto supone mi despedida, ya lo sabes. He dado las instrucciones para que se lleve a cabo todo lo que he expuesto. También está toda la documentación firmada por la Presidenta de la Comunidad y más de diez directivos de la entidad. Antes de que te despidan a ti, y seguro que lo harán, les haces llegar las copias a los inquilinos. Ahora podré dedicarme a pescar y llevar al parque a mis nietos, pero me preocupa vuestro futuro.
–No te preocupes. Tenemos planes y nos vendrá bien a todos un cambio en nuestras vidas. Ernesto y yo venderemos el piso de la playa y con lo que nos den, montaremos una plataforma on line para poner en marcha una gestoría y asesoría legal. Estamos muy  ilusionados con este proyecto – contesta Emma buscando con su mano la de Ernesto.

–Gracias Emma, has logrado que recuerde quien soy –dice Pablo, abrazándola con ternura.

–Tú siempre has mantenido que no hay nada imposible. Gracias, papá por demostrármelo.

Araceli Míguez
2014











La modelo




La modelo

Elisa Gherardini era la modelo ideal, con su paciencia y sus grandes dotes para posar horas en la misma postura sin casi pestañear, me permitía recrearme durante mucho tiempo en su voluptuosa figura, en su suave y aterciopelada piel y sus recovecos ocultos, tan apreciados por mi pincel, que se entretenía en los misterios de los tonos marrones, azules y negros. Lujosos y amplios ropajes ocultaban ese bello cuerpo, que aun habiendo albergado cinco vidas, seguía luciendo joven y hermoso.

Creo que desde el primer momento en que nos vimos ella supo de mis gustos por los pectorales masculinos y re alidada mi me interesaba que se supiera de mis inclinaciones en la adinerada sociedad florentina, pues no estaba dispuesto a interrupciones en mi trabajo por los celos u ordinarios ataques masculinos de propiedad.
Ella llegaba siempre puntual, ataviada con los más bellos y sedosos tejidos,  en consonancia con su posición y con la moda; se despojaba detrás del biombo de sus ropajes y se tumbaba en el diván donde, desde hacía meses posaba  desnuda para mi, con un brazo bajo su cabeza y  otro reposando sobre su blanco muslo.

Cuántas tardes, sin mediar palabra entre los dos, compartimos el mismo espacio; yo plasmando cada poro de su piel desnuda sobre el diván, ella sintiendo un suave calor recorriendo su cuerpo allá  donde se posaba mi mirada.

Ese era nuestro gran secreto, nuestro pacto oculto al mundo. Yo trabajaba en dos lienzos al mismo tiempo con mi musa, eso era lo acordado entre los dos. Su marido me había encargado un retrato para la nueva casa en la que viviría la familia;  quería que reflejara a la gran dama que tenía a su lado, esposa fiel, madre de sus cinco vástagos, vistiendo los mejores tejidos elegidos por él, que para eso era un comerciante de telas de renombre en la región, por lo que mi obra tenía que reflejar su buena posición social, mostrar a su noble y casta esposa y prestigiar su casa palacio, apellidos y riquezas.

Elisa fue obligada a casarse por sus padres con el comerciante de tejidos a los quince años para remontar la maltrecha economía familiar a la que le sobraba apellido y le faltaba efectivo. Ahora con veintitrés  y cinco hijos, cuando se enteró que su marido quería encargar un retrato suyo para presidir la gran escalinata de mármol de la nueva vivienda, ella  aceptó con una idea que sólo comentó conmigo, haciéndome jurar que jamás su secreto sería revelado.

Quería que la pintara desnuda, que todo su cuerpo sirviera para demostrar su existencia como mujer, más allá de esposa y madre, que tanto sus senos como su sexo fueran retratados tal y como eran;  reales,  y su pose invitara al disfrute de lo que la iglesia y la sociedad prohibía.

Ella insistía en que su rostro tuviera  la misma expresión en los dos lienzos, tanto en el desnudo como en el encargado por su marido, expresión que según ella, indicaría a cada cual que la mirara lo que quisiera ver.

Cuando acabé el cuadro del diván, Elisa me tenía preparada otra sorpresa; me pidió que enviara de forma muy discreta el lienzo del desnudo a un violinista de Florencia del que estuvo enamorada siempre y que se había convertido en su amante antes de su último embarazo. Era un regalo que quería hacerle como muestra de su amor por él. Yo seguiría pausadamente, con el trabajo sobre el lienzo donde aparecía con los ropajes y el velo;  ella diría a su marido que el retrato se alargaba en el tiempo y que tenía que seguir posando debido  a las ricas texturas de las telas, muy difíciles de plasmar. 

Y esta excusa fue la tapadera para reunirse con su músico durante unas horas a la semana. Al cabo de unos años su marido murió  y Elisa me regaló la pintura por mi silencio y lealtad.

No sé si conseguí que su amante viera en su sonrisa el amor que sentía Elisa, pero sé que su marido, el Sr. Giocondo,  nunca pudo ver en su casa colgado el lienzo de su casta esposa.

Leonardo

Araceli Míguez, 2013

Taller de teatro






Taller de teatro

Era finales de junio cuando Ana, mi vecina, me propuso matricularnos en septiembre en aquella escuela de teatro para adultos que tenía un gran prestigio en la ciudad. Se hablaba muy bien de las obras que se mostraban al final de curso y la profesionalidad del equipo de actores que impartía las clases.

Dos tardes a la semana, durante dos horas soñaba con ser actriz, disfrutaba de la actividad y olvidaba durante ese tiempo mi condición de ama de casa mientras mi marido se quedaba con los niños.

Este jueves uno de los ejercicios para realizar en la clase es tocar y dejarse tocar para conocer y acostumbrarnos a manejar el tacto en escena como un recurso expresivo. Cada miembro del grupo iba a experimentar con su cuerpo, así que nos dispusimos a emprender el ejercicio, no sin antes haber usado técnicas de respiración y relajación para concentrarnos mejor.

Cada gesto tenía que indicar un acto, sentimiento o emoción. Yo había sido muy prudente tocando a mis compañeros en la mejilla con ternura maternal, en el muslo como si tuviera que detener una hemorragia, en el hombro para dar ánimo... y después el grupo tenía que decidir si en cada contacto había transmitido lo que yo quería expresar.  Ahora yo en el centro del círculo estaba dispuesta a ser el elemento pasivo y dejar que las manos de mis compañeros hablaran.

Adriana me acarició muy lentamente la espalda, recorriendo con sus dedos mi columna desde la nuca hasta más abajo de mi espalda y volviendo a subir de nuevo hasta el punto de partida. Sentí su caricia a través del fino tejido de mi camiseta y cerré los ojos para evitar que los demás notaran el pequeño y agradable estremecimiento que estaba sintiendo. Según comentó después, expresaba el gusto de sentir un abrigo de piel.

Jose empezó a soplarme suavemente debajo de las orejas y girando a mi alrededor siguió haciendo lo mismo por todo mi cuello a pocos milímetros de mi piel. Su explicación fue que  imaginaba que estaba encendiendo un fuego en el bosque y lo estaba avivando con sus soplidos, siendo yo el fuego, ¡claro!. Después Ana se plantó delante y con sus manos rodeó mi cintura hasta completar un círculo. Al parecer me estaba tomando medidas para confeccionar un vestido

Sara me pellizcó los labios, pasando sus dedos de un lado hacia el otro y terminó abriendo mi boca apretando mis mandíbulas entre su pulgar y corazón, y aunque no me hizo daño sentí cierta turbación. Estaba en su papel de dominatriz dejando claro quien mandaba.

Por último le tocó el turno a Antonio que me pidió que cerrara los ojos, levantara los brazos a la altura de mis hombros y me quedara inmóvil y acercando su boca casi rozando mi piel inició un lento recorrido con su respiración desde los dedos de mi mano derecha hasta los de mi mano izquierda pasando por mis muñecas, la parte interna de mis brazos y a milímetros de mi pecho que intentaba con dificultad mantener una respiración pausada. Sentía su aliento en mis poros, mis vellos se iban levantando sin poderlos controlar y mi libido empezó a jugar abriendo paso al deseo. Era el protagonista de El Perfume. Miedo me dió cuando lo dijo.

Abrí los ojos, inquieta y ruborizada y encontré los suyos con una mirada satisfecha y una sonrisa cómplice.

Cada persona me había provocado distintas sensaciones, todas distintas y reveladoras. Me preguntaba si ellos estarían tan excitados como yo después de la experiencia. Pensaba en esto mientras me dirigía a los vestuarios notando la humedad de mi cuerpo, las mejillas ardiendo y un urgente deseo de masturbarme no se apartaba de mi mente.

Al abrir la puerta encontré a Sara duchándose, – una ducha fría, buena idea para calmarme – pensé entrando en la ducha contigua.

Sara me preguntó por lo que había sentido y si me había gustado que me pellizcara los labios.

– Sí, me ha sorprendido mucho la turbación que he sentido – le contesté, y con mirada lasciva y juguetona me dijo –Sé hacerlo mucho mejor en otros labios–  y acercándose a mí comenzó a besarme el cuello mientras sus manos me pellizcaban suavemente los pezones y recorrían mi cuerpo en busca de mi sexo.

Debajo del agua tibia se confundían nuestros cuerpos en un abrazo desenfrenado. Sus dedos eran expertos en sacar los jugos de su escondrijo y entre suaves y frenéticas caricias arrancó de mi cuerpo un intenso orgasmo al mismo tiempo que un gemido.

Tan absortas estábamos que no nos percatamos de la presencia de Antonio, que después de las muestras de deseo que había dado mi cuerpo ante la proximidad de sus labios, había decidido ir en mi busca. Al ver que no salía del vestuario se decidió a entrar encontrando nuestra lésbica escena que le había alterado hasta el último milímetro de su cuerpo.

–¿Me invitáis?– preguntó quitándose la camiseta y los vaqueros evidenciando su abultada excitación.

–¿Vas a poder con las dos?– preguntó Sara con algo de ironía en la voz.

–Lo intentaré­ – dijo él, risueño.

Antonio, Sara y yo no dejamos de jugar a tocarnos, explorando todas las partes imaginables de nuestros cuerpos hasta que los tres estuvimos satisfechos y exhaustos sabiendo que tendríamos una nota muy alta en ese ejercicio de clase.

Esa noche también practiqué lo aprendido con aquel ejercicio con mi marido, que ya se ha ofrecido muy amablemente a quedarse con los niños para el próximo curso.

Araceli Míguez.
2013.


La violinista



La violinista

Quedan pocos días para la Navidad, las calles lucen iluminadas de brillantes colores y la gente pasea de un lado a otro dejándose embaucar por los atrayentes escaparates.

Laia con gorro de lana, abrigo y guantes sin dedos,  hace más de un mes que a diario, mañana y tarde, en el mismo sitio de la concurrida calle comercial, se aferra a su violín con los ojos cerrados, ignorando todo lo que discurre a su alrededor y sus notas inundan el espacio de una armoniosa música que pasa casi desapercibida para los cientos de personas que recorren la bulliciosa calle. Su cuerpo parece flotar y mecerse entre esas notas que la transportan a su reciente pasado; al Teatro de la Ópera Nacional de Sofía, en la esquina de Rakovski y Doundukov, con su gran fachada compuesta por una bella columnata coronada por un friso con motivos alegóricos a la liberación de Bulgaria.

Se ve con su violín en su lujoso escenario con un elegante vestido negro, integrada en la Orquesta Filarmónica de Sofía, interpretando la Rapsodia Búlgara Vardar de Vladigerov que siempre acababa con una emotiva ovación por parte del público. También acude a su memoria las veces en las que acompañaba a los grandes intérpretes de ópera de su país y de otros lugares del mundo, los aplausos del público y de sus compañeros, las flores, las felicitaciones, las celebraciones a la salida de los conciertos…

Después llegó la travesía del desierto. Al parecer eran muchos los músicos de su país y no había trabajo para todos, y los que trabajaban casi no podían vivir de lo que le pagaban por los conciertos. Estuvo una larga temporada sin que la llamaran para actuaciones ni espectáculos, salvo en contadas ocasiones. Esta situación la hizo tomar la decisión de viajar a cualquier otro sitio que le permitiera vivir de su música. Iba a cumplir los veintinueve años, pensaba que lo que le quedaba en su país era la sombra de una época dorada y no quería conformarse. España sería su destino, aprovecharía que había estudiado español en la universidad y lo había practicado en los intercambios con estudiantes sudamericanos. Le surgió la oportunidad de trabajar en el lujoso hotel Holiday Inn, por las mañanas de camarera de habitaciones y tres noches a la semana tocando su violín en el bar-restaurante hasta que al cabo de unos meses pudo comprar el billete de avión y ahorrar algún dinero para su nueva vida fuera de su país.

Dejar a su madre y a sus dos hermanas pequeñas fue lo más doloroso; les prometió una y otra vez que sería por poco tiempo, volvería con dinero suficiente para montar una Escuela de Música que llevarían entre las tres,  les repetía que no se preocuparan porque llevaba una agenda con contactos de muchos músicos que conocía de su paso por Bulgaria y de varias orquestas españolas. Seguro que en alguna de ellas habría un puesto de violinista y si no daría clases particulares, y si no tocaría en bodas y celebraciones…

Cuando despegaba el destartalado avión dejando atrás el Vitosha con su cumbre nevada, las lágrimas nublaban la vista de su hermosa ciudad de cúpulas doradas y turquesas, y se repetía con fuerza, como si fuera una promesa
–Volveré, volveré muy pronto.

En la calle Central, la más comercial de la ciudad,  las notas de una sonata para violín de Bach se expandían llegando a los oídos, siempre atentos y sensibles de Manu, el camarero del bar que se mueve como un rabo de lagartija entre los apiñados veladores, llevando una balanceante bandeja repleta de vasos y botellas.

Desde que Laia toca frente al bar, Manu ha sentido una sensación difícil de explicar que achaca a la música y espera ansioso cada día la llegada de la violinista para que le aligere el corazón y así sobrellevar el trabajo con otro ánimo. Alguna fría mañana le ha llevado un café y algún bollo y en esos escasos minutos lo único que ha tenido tiempo de saber de ella ha sido su nombre y su país de procedencia.

Mientras sirve los cafés a la impaciente clientela, la música de Laia le hace pensar en su presente y Manu toma la decisión de reanudar sus clases de piano, interrumpidas hace casi un año al haber quedado su padre en paro y no poder contar con la ayuda de su familia. Con su trabajo tiene lo justo para el alquiler y la manutención, pero está decidido a sacar algo para sus clases en el conservatorio. Tal vez dando clases en su casa a alumnos principiantes… Su familia ya ha hecho bastante costeándole sus estudios de magisterio, los de música y los preparadores para las oposiciones que aún aprobándolas, no ha conseguido obtener plaza.

Después de cerrar el bar, cuando llega a su habitación en un piso compartido, se sienta frente a su piano e intenta fugarse cabalgando sobre sus teclas. Tiene que buscar otro trabajo que le permita tocar más a menudo, componer su propia música de Jazz, subirse a los escenarios e improvisar junto a un saxo y un contrabajo…

Se lo propone cada día –Tengo que cambiar de vida. Tengo que perseguir mi sueño– pero pasa el tiempo y sigue en la misma espiral de miedo y desasosiego, buscando el momento idóneo de dar el salto.

Una vez cerrados los comercios y el bar, la calle queda casi desierta, habitada sólo por los escasos transeúntes que una vez terminado el trabajo,  se afanan por aligerar el paso bajo el derroche de electricidad navideña.

Es entonces cuando Laia recoge las monedas que han depositado en la funda abierta de su violín, entra en el supermercado de la esquina de donde suele salir con una bolsa en la mano y el violín colgado en su espalda, para enfilar el camino hacia su habitación compartida en un piso de un barrio a las afueras.

Suele caminar despacio y cabizbaja, enfrentando la realidad de ser ahora una música callejera, una pedigüeña más, preguntándose qué le deparará esta nueva ciudad, si en algún momento podrá tocar en esos bellos edificios consagrados a la música y cuánto tiempo podrá seguir viviendo de las monedas que recoge en sus actuaciones.

Esta noche Manu echa la persiana metálica del bar y mientras cierra los candados, idea las notas que compondrá para poder acompañar con su piano algún día a la violinista. Se da cuenta que ella le ha dado una razón para vislumbrar otros horizontes, para dar un giro a su vida;  le apetece estar con ella, tenerla cerca e imagina cómo podría sonar la música si tocaran juntos.

Apresura el paso con la intención de llegar antes de que cierre el súper, necesita comprar algo para cenar y fruta. Al llegar a la caja ve a Laia que recoge su compra y se dirige a la puerta del establecimiento acomodando la bolsa y el violín.

Mientras la saluda con la mano en su cabeza empiezan a componerse frases e imagina mil maneras para propiciar una conversación que conlleve un acercamiento a su misteriosa musa.

–Mañana le pediré que escuche mi música, que toquemos alguna pieza, que formemos un dúo. Espero que acepte mi propuesta o al menos podamos quedar en algún momento con los instrumentos…–  elucubra Manu mientras recoge las monedas de su vuelta que le entrega la cajera.
– ¿Mañana? ¿Y por qué mañana?

Apresurando el paso llega junto a Laia alcanzándola e intentando que su voz suene clara y segura, carraspea y suelta la frase que tantas veces ha rondado por su cabeza.
– Me gustaría que pudiéramos tocar algo juntos. ¿Qué me dices?
–¿De Falla, por ejemplo? contesta Laia con su acento balcánico y una amable sonrisa.
–Por ejemplo, y espero no fallar, –bromea Manu jugando con las palabras y poniendo cara de miedo.

La tenue sombra de los dos cuerpos caminando juntos avanza por la pared de la calle, como notas en un pentagrama, mientras la noche acoge risas, gestos e ilusiones en clave de sol.

Araceli Míguez
2014

martes, 8 de octubre de 2019

Encuentro





Encuentro

Marina deambula sin rumbo, confusa, alelada y rota. Siente las lágrimas recorriendo su rostro sin poder hacer nada por impedirlo. Un nudo se ha instalado en su garganta y su mente se ha nublado, impidiéndole pensar.

Sólo es consciente del dolor que la han causado las palabras de Pablo, su marido, que esa tarde había ido a buscarla a la salida del trabajo:

–Lo siento Marina. Tengo que decirte que ya no te quiero y me marcho. Tengo mis cosas en el coche. Te llamaré pronto. Y diciendo esto la besa en la mejilla y se dirige al aparcamiento.

Pasan los días y a Marina le falta el aire en la casa que durante más de cinco años ha compartido con Pablo. Cada rincón le recuerda algún momento vivido que lacera su alma. Toma la decisión de pedir unos días en su trabajo y marcharse fuera. Llama a la agencia de viajes donde trabaja su amiga Marta y le pide que le organice un viaje a cualquier sitio donde pueda curar sus heridas.

Al cabo de unos minutos recibe un whatsapp indicando que los billetes y el itinerario les han sido enviados a su correo.

Al día siguiente, maleta en mano sube a un avión y en poco más de una hora se encuentra en A Coruña. Después de registrarse en un hotel de la Avenida de la Marina, pasea por el puerto acompañada por las atrevidas gaviotas, disfruta del reflejo de las blancas galerías, pasa por el majestuoso Teatro Colón hasta llegar a la dársena y algo cansada, se sienta a tomar una sabrosa nécora en una de las soleadas terrazas. Su cabeza sigue dando vueltas buscando motivos para el abandono de Pablo. Se siente culpable por no haber estado más atenta y cuidado más la relación. Quizá no se arregle lo suficiente o no sea lo bastante cariñosa, o dedique demasiado tiempo a su trabajo…

–¡Basta ya!. Se dice en voz alta. Y emprende un recorrido por las estrechas calles que la llevan hasta la Plaza María Pita, y en pocos minutos a las preciosas playas de Riazor y Orzán, separadas por un pequeño cúmulo de rocas que parte en dos las olas al llegar a la orilla.

Siente curiosidad por subir a la torre de Hércules donde Breogán, escudo en ristre y melena al viento le da la bienvenida.

Sube los 242 peldaños de piedra por las cuadradas escaleras y al llegar al mirador queda extasiada al contemplar el inmenso océano ante sus ojos. Se siente pequeña, muy pequeña. Piensa que ella y su sufrimiento son como una mota de polvo, comparado con lo que pasa en el planeta. En ese momento oye la voz de una mujer que le susurra al oído

–Mira la línea donde se une el mar y el cielo. Ese horizonte eres tú.

Marina, algo confusa mira a su alrededor para comprobar que está sola allí arriba.

–¿Quién eres? Pregunta buscando a alguien cerca.

–Soy Cruña, la primera mujer que llegó a esta ciudad huyendo del dolor, buscando la felicidad, como todo ser vivo. Sé mucho de corazones rotos, de marineros ahogados, de sirenas enamoradas, de amantes suicidas, del dolor más innombrable… Aún tienes mucho camino por delante.  Ve al encuentro de tu caldero.

–¿Mi caldero? ¿Qué caldero?

En ese instante, el guarda de la Torre aparece junto a ella indicándole que es la hora del cierre de las instalaciones y tiene que marcharse.

Marina sueña esa noche con un frondoso bosque donde árboles centenarios elevan hacia el cielo sus ramas en forma de pirámide y conversan con el viento.

Después de dos días disfrutando de la ciudad, su itinerario indica que su próximo destino es la Ribeira Sacra. Se sorprende de su encuentro con el cenobio más antiguo de Galicia, ubicado en Esgos, un paraje solitario de extraordinaria belleza en medio de un bosque umbrío que alberga el monasterio de San Pedro de Rocas. En la iglesia excavada en la roca, la sorprende una rara necrópolis y pasea pensativa entre las tumbas y sepulcros de siluetas humanas, formando raras oquedades, cuya piedra es celosamente protegida por musgos y líquenes. 

De nuevo Marina siente una extraña sensación; la imagen de su madre, fallecida hace apenas dos años, acude a su pensamiento. Se sienta debajo de uno de los dos arcos de la espadaña, construida sobre una gran piedra y abrazándose a sus rodillas, los recuerdos de su infancia la envuelven.

–¡Mamá, te echo tanto de menos!. Saber que no estás me da vértigo, siento que la soledad me invade y ya no te tengo para que me acurruques, me cantes, me abraces…, ni siquiera tengo tus palabras de consuelo.

Las hojas de los robles cercanos movidas por el viento convierten el murmullo en una querida voz que llega a su interior.

–No estás sola, mi querida niña, siempre estoy para ti. Y recuerda que la soledad no es sinónimo de tristeza. Busca las respuestas que necesitas y no tengas miedo. Escucha a los árboles sagrados, ellos son sabios y te llenarán de luz.


Las lágrimas resbalan por las mejillas de Marina, entonces siente que los reconfortantes brazos de su progenitora la abrazan y acunan como cuando era pequeña. Cientos de imágenes de momentos vividos junto a la mujer que le dio la vida, pasan como en una película por el interior de su retina,  acompañadas de una conocida voz que la arrulla.

El frío la hace bajar de aquel privilegiado lugar y Marina se pregunta si ella imagina esas voces o realmente existen. ¿Se estará volviendo loca?

–Tengo que buscar mi caldero y escuchar a los árboles. Se dijo convencida y resuelta, aunque tendría que averiguar cómo llevar a cabo esas dos extrañas recomendaciones.

De camino a su próximo destino pudo disfrutar del impresionante paisaje de los Cañones del Sil, y decide hacer una parada para conocer Monforte de Lemos, la capital de la Ribeira Sacra.

Después de la breve pausa en el hotel, se lanza a caminar por las estrechas calles que la llevan a edificios de gran belleza; los Escolapios, la Torre da Homenaxe, el Pazo Condal, y así descubre el recinto de San Vicente, donde se localiza el castillo y palacio de los Condes de Lemos y el cenobio benedictino.

Antes de quedarse dormida,  Marina rememora  su vida y recuerda el álbum de fotos familiar tantas veces visionado, en el que sus padres con ella de pequeña,  aparecen sonrientes y felices. También posa sonriente con sus abuelos, personas entrañables con los que ha compartido navidades y veranos fantásticos. Ahora la única abuela que le queda está en una residencia  con un alzheimer galopante.

Las imágenes de su paso por el colegio, su primer amor, su pasión por los animales que la llevaron a escoger la carrera de veterinaria. La muerte de su padre en un desgraciado accidente y unos años después su madre padece una grave y dolorosa enfermedad que le gana la partida. Cuando apareció Pablo ella se agarró a él como si fuera lo único en bueno de su vida.  El representaba la fortaleza y la razón que a veces a ella le faltaba. Pablo era informático en una empresa de electrodomésticos. Hacía dos años que le despidieron y cayó en picado. Fue sumiéndose en una especie de depresión y hastío.  Perdió el interés por todo y se pasaba las horas delante del ordenador.

Marina intentó animarle y sacarlo de aquel estado autodestructivo pero no sabía que más hacer. Su trabajo la mantenía fuera de casa mucho tiempo y a veces tenía que desplazarse muchos kilómetros para atender a granjeros y ganaderos.

Al llegar a casa Pablo parecía molesto con su presencia, la saludaba sin ningún entusiasmo, y apenas le dirigía dos frases. Marina no recordaba desde cuando no la abrazaba o le dirigía una palabra amable.

Sospechaba que se había creado un mundo paralelo, formado por conversaciones y contactos con personas desconocidas, en el que ella no tenía cabida. Esas madrugadas en las que escuchaba a Pablo teclear a puerta cerrada le dolían inmensamente, mientras ella, sola en la cama  se dormía llorando abrazada a la almohada.

Pablo encontraba en su mundo virtual aquello que le faltaba en su realidad. Cuando ella lo observaba a través de la puerta entreabierta lo veía sonreir, alegre, feliz, contento… todo lo que ella le negaba.

Esa noche los sueños de Marina están habitados por seres mágicos de los que ha oído que viven en esa misteriosa tierra: mouros, meigas, bruxas, druidas…

Al día siguiente se dirige a Moreda en el entorno de O Caurel. Después de recorrer un sinuoso camino llega a una pequeña aldea donde aparca el coche alquilado y se dispone a pasear por el bosque con una mochila, unos frutos secos y agua. Comienza a caminar por la senda que se adentra en el frondoso bosque habitado por abedules, castaños, acebos, hayas y otras raras plantas como blancas y violetas prímulas, amarillas celedonias y bellas y extrañas orquídeas salvajes. Después de la larga caminata, entre tanta vegetación le llama la atención un hermoso tejo, que por el diámetro de su tronco se diría que es  varias veces centenario. Se sienta en el suelo a descansar apoyando su espalda en el enorme tronco. Cierra los ojos mientras escucha a los pájaros y el murmullo del agua de una pequeña cascada cercana.

Al rato aparece ante ella una mujer con una larga túnica blanca a la que acompaña una loba con el pelo del mismo color que el vestido. Saluda al árbol con una inclinación de cabeza

–Te saludo, árbol de la vida y de la muerte, árbol eterno, árbol sagrado. Que tu sabiduría alumbre a los humanos y a los espíritus. Concede tus dones a todos los seres vivos de esta tierra y a esta mujer que reposa a tus pies y te ha elegido para que la ilumines.

Marina, boquiabierta ante la imagen que habla al árbol, pregunta balbuceando

–Pero… ¿Quién eres? ¿De dónde has salido? ¿Es que estoy soñando?

La mujer de blanco sonríe

–No temas, soy una mujer sabia que acude a tu llamada. Por estas tierras nos suelen llamar meigas y a mí en particular Dama de castro. Estoy aquí para ayudarte a hacer tu caldero. 

Y diciendo esto deposita ante Marina un recipiente de hierro redondo que se apoya en tres patas, dando indicaciones

–Necesitas los cinco sentidos en este ritual. Debes ser consciente mientras dure de poner en el caldero lo mejor y lo peor de ti, tus ilusiones y tus miedos, tus grandezas y tus miserias.

–No sé si esto es real o no, pero haré lo que me digas, contesta Marina sintiendo los latidos de su corazón en cada palmo de piel.

–Deposita en esta matriz prodigiosa un puñado de tierra que haya escuchado a tu corazón, unos trozos de corteza del tejo, moja tus manos en la cascada y derrama unas gotas en cada pata y lanza sobre el un suspiro de rabia y un verso de amor.

¡Que la magia adquiera la fuerza necesaria para tomar las riendas de tu destino!.

Y diciendo esto prende fuego al contenido del caldero, toma a Marina de las manos para que se mantengan encima del mismo e invoca

–¡Agua, Fuego, Tierra y Aire!

–¡Fuerzas de las cuatro Atalayas!

–Os convoco a esta ceremonia, para que la Diosa madre bendiga este caldero y nos guíe, otorgándonos luz, sabiduría y  bondad.

–Que así sea, concluye Marina.

De vuelta a casa, sobrevuela la península y a través de la ventanilla reconoce las elevaciones de Despeñaperros, los cauces de los ríos y los pueblos blancos del Sur. Siente que algo en ella ha cambiado y que es sólo el inicio de un camino sin retorno.

Deshaciendo las maletas sigue pensando en Pablo, y aunque sigue habiendo dolor, este es distinto, más tenue y reposado. Desea que encuentre lo que busca y recupere su ilusión por vivir. Lo mismo que desea para ella.

–Al fin y al cabo, nada es eterno, se dice a sí misma.

Es lunes por la mañana, Marina recibe una llamada para atender el parto de una yegua a la que lleva tratando un par de años. Llega al establo y ayuda al animal a traer al mundo a su cría que en pocos minutos, embadurnada aún con la placenta y con patas temblorosas se levanta del suelo bajo la atenta mirada de su madre.

La escena, vivida muchas veces por Marina, hoy le inspira una especial ternura que la llega a emocionar. Comprueba el estado del potrillo que se estrena en la vida, acaricia el hocico de la yegua, –lo has hecho genial– le dice acercándose a su oreja.

En el camino de vuelta a la ciudad coincide con la puesta de sol, para su vehículo a un lado y contemplando el rojizo cielo recuerda a la Dama del Castro y su caldero y se siente parte de la belleza del momento, conectada plenamente consigo misma y con la vida.

–Seguiré aprendiendo, murmura, mientras la luz se va haciendo cada vez más tenue y siente su corazón más ligero.


Araceli Míguez, 2012