lunes, 20 de abril de 2020

Conjunción (por el principio)



La comisaría de Oviedo expide los primeros DNI 3.0 que facilitan ...


Mara salió de casa de prisa, como era habitual en ella, con el bolso en la mano, buscando las llaves, una galleta en la boca a medio masticar, y el maletín con los documentos de trabajo sujetado a duras penas entre la barbilla y el hombro;  en la otra,  la pequeña mano de una niña de unos tres años, muy rubia y pizpireta, con una mochila rosa a la espalda.
Mientras se dirigía a su coche aparcado frente a la casa sonó su móvil, descargó todos los bártulos sobre el capó del vehículo mientras rebuscaba las llaves del coche en sus bolsillos.
Todas las mañanas se juraba que sería más ordenada y que administraría mejor el tiempo, sólo que llegaba tan cansada que se le olvidaba hasta la siguiente mañana.
– Si, Marcos, dime.
– Tienes que recoger a tu jefe en el aeropuerto.
– No puedo, de verdad que no, tengo que dejar a Celeste en la guardería y me coge en dirección opuesta. ¡Que coja un taxi!
– Mara, sus órdenes han sido muy claras: que vayas a recogerlo,  porque os vais juntos  a una reunión con un importante promotor.
– No sé cómo me lo voy a montar… Bueno…,  ya veré. Voy para allá
Ayudó a la niña a subir y le ajustó el cinturón dándole un beso mientras pensaba si le daría tiempo a llevarla primero a la guardería o la dejaba con su madre que vivía a dos manzanas.
Optó por llamar a su madre para avisarle que le dejaba a su nieta pero no le respondía; –estará dormida aún – se dijo sin mucha convicción, sabía que era muy madrugadora.
Puso en marcha el vehículo y aparcó en doble fila, delante de un bloque blanco con las ventanas azules, llamó al timbre pero nadie abría. Abrió con sus llaves mientras dejaba a Celeste en el coche y subió apresurada al segundo piso, obviando el ascensor. Entró llamando a viva voz a su madre y dirigiéndose al dormitorio la encontró en la cama inmóvil, con los ojos cerrados y hecha un ovillo. La tocó y respiró tranquila, estaba viva pero su cuerpo no respondía: Nerviosa y angustiada marcó el teléfono de emergencias sanitarias y bajó a buscar a Celeste.
Con horror comprobó que su coche no estaba. Miró a ambos lados de la calle y aterrorizada empezó a correr en una dirección y luego en la otra; le faltaba el aire en los pulmones y lo único que se le ocurrió fue gritar –¡Ayuda! ¡Socorro! ¡Policía!–
Un joven con gafas se paró a preguntarle y Mara balbuceando no atinaba a explicarse
– ¡Mi hija ha desaparecido! ¡Por favor, ayúdeme! ¡Llame a la policía! Estaba en un coche rojo… Mi madre está arriba.., no se mueve… Viene ya  una ambulancia. Quédese aquí, es en el segundo derecha.

– Está bien, la ayudaré, cálmese. Llamaré a la policía.
El móvil suena de nuevo, lo mira; es su jefe.
– Perdona Pedro pero me es imposible recogerte; mi hija ha desaparecido, mi madre está inmovilizada… No sé cómo voy a salir de esta.
– Mara, deja de inventar excusas y vete inmediatamente para las oficinas de Promociones Turísticas del Sur. Yo llegaré en taxi en veinte minutos.
– De verdad Pedro, no puedo. Créeme. Te dejo, viene la ambulancia y la policía.
El médico le dice que tiene los síntomas de un ictus, pero hay que hacer pruebas.  La policía le pide que los acompañe a la comisaría, siente en sus miradas y gestos que la están acusando de imprudencia al dejar a una niña sola en un vehículo y nota el halo de una amenaza; puede perder a su hija por su conducta.
Mara se siente ofuscada y confusa, cree que es una horrible pesadilla, que no puede ser real todo lo que le está  pasando. No quiere, no puede derrumbarse. Tiene que encontrar a su hija antes que nada. Ese es su único objetivo.
Una policía la coge del codo y le dice que se vaya al hospital, que si hay alguna novedad sobre su hija la localizarán de inmediato, pero ella se resiste a abandonar la comisaría. En su interior duda que se estén movilizando, y que a ellos les preocupe encontrar a su pequeña. Perdiendo los nervios comienza a gritar mientras las lágrimas resbalan sin contención.
– ¡¿Es que no lo entienden?! ¡Es mi hija. Mi vida entera!  ¡Por favor, encuéntrenla! Mi madre está atendida por los médicos pero mi hija estará sola,  asustada, desprotegida...
Mientras ella sigue gritando un policía se acerca y le comunica que han encontrado a su hija. Está en el depósito donde la grúa lleva los vehículos que obstaculizan el tráfico y que en breve la llevarán a la comisaría.
Mara se abraza a la mujer policía y le pide que la lleven rápido a ese depósito, pero el agente la tranquiliza diciendo que ya está en camino, y que en veinte minutos tendrá a su hija con ella.
La asistente la informa que han llamado del hospital y su madre está respondiendo al tratamiento; está consciente aunque tiene paralizada la parte izquierda del cuerpo. Necesitará rehabilitación.
Mara se sienta en un banco en un pasillo sin dejar de llorar con las manos cubriendo la cara; ahora ya no sabe ni porqué, sólo siente su garganta anudada y una culpa que inunda todo su ser.
 – ¿Cómo he podido dejar a Celeste sola en el coche?
Siente una mano que le presiona el hombro y al quitar sus manos de la cara ve a su jefe de pié junto a ella.
– ¿Cómo te encuentras?
– Ahora mejor. Espero que me traigan a mi hija. Por un momento lo he perdido todo. Estoy de vuelta del infierno. No sé si me perdonaré algún día.
– Mara,  te advertí cuando te quedaste embarazada que ser madre soltera  iba a ser muy duro.
– Te equivocas Pedro, tener a Celeste es lo mejor que me ha pasado. No me arrepiento ni un segundo. Y tú ¿Cómo llevas lo de ser un padre ausente?


Araceli Míguez. Noviembre 2013.

Conjunción (por el final)





Una mañana en la comisaría del barrio donde los ladrones hacen su ...



Mara está sentada en un banco del pasillo de la comisaría sin dejar de llorar, cubriéndose la cara con las manos; ahora ya no sabe ni porqué, sólo siente su garganta anudada y una culpa que inunda todo su ser.
– ¿Cómo ha podido pasar? ¿Qué he hecho?
Siente  entonces una mano que le presiona el hombro y al levantar la cabeza ve a su jefe de pié junto a ella.
– ¿Cómo te encuentras?
– Ahora mejor, Pedro. Espero que me traigan a mi hija. Por un momento lo he perdido todo. Estoy de vuelta del infierno. No sé si me perdonaré algún día.
– Mara,  te advertí cuando te quedaste embarazada que ser madre soltera iba a ser muy duro.
– Te equivocas, tener a Celeste es lo mejor que me ha pasado. No me arrepiento ni un segundo. Y tú ¿Cómo llevas ser un padre siempre ausente?
Horas antes en medio de una conjunción de elementos adversos, Pedro y ella habían tenido una tensa conversación telefónica
– Perdona Pedro pero me es imposible recogerte; mi hija ha desaparecido, mi madre está inmovilizada… No sé cómo voy a salir de esta.
– Mara, deja de inventar excusas y vete inmediatamente para las oficinas de Promociones Turísticas del Sur. Yo llegaré en taxi en veinte minutos.
– De verdad Pedro, no puedo. Créeme. Te dejo, viene la ambulancia y la policía.
El médico después de reconocer a su madre le dice que tiene los síntomas de un ictus, pero hay que hacer pruebas. La policía le pide que los acompañe a la comisaría, siente como si la estuvieran acusando de imprudencia temeraria al dejar a una niña sola en un vehículo y cree ver en la mirada de trabajadora social una amenaza de que puede perder a su hija por su conducta.
Mara se siente ofuscada y confusa, cree que está viviendo una horrible pesadilla, que no puede ser real todo lo que le está pasando.
– No puedo derrumbarme ahora, tengo que encontrar a mi hija sea como sea.– Se repite una y otra vez
Una policía la coge del codo y le dice que se vaya al hospital, que si hay alguna novedad sobre su hija la localizarán de inmediato, pero ella se resiste a abandonar la comisaría. En su interior duda de que se estén movilizando, que a ellos les preocupe encontrar a su pequeña y perdiendo los nervios comienza a gritar mientras las lágrimas le resbalan sin contención.
– ¡¿Es que no lo entienden?! Es mi hija. Mi vida entera. Por favor, encuéntrenla. Mi madre está atendida por los médicos pero mi hija estará sola,  asustada, desprotegida...
Mientras sigue gritando un policía se acerca a ellas y les comunica que han encontrado a su hija. Está en el aparcamiento donde la grúa deposita a los vehículos que obstaculizan el tráfico y que en breve la llevarán a la comisaría.
Mara se abraza a la mujer policía y le pide que la lleven rápido a ese depósito, pero el agente la tranquiliza diciendo que ya está en camino, y que en veinte minutos tendrá a su hija con ella.
La asistente la informa que han llamado del hospital y su madre está respondiendo al tratamiento; está consciente aunque tiene paralizada la parte izquierda del cuerpo.
Todo empezó esa misma mañana en la que Mara salió de casa de prisa, como era habitual en ella; llevaba el bolso en la mano, rebuscaba las llaves, una galleta en la boca a medio masticar, el maletín con los documentos de trabajo sujetado a duras penas entre la barbilla y el hombro y en la otra, la pequeña mano de una niña de unos tres años, muy rubia y pizpireta, con una mochila a la espalda.
Mientras se dirigía a su coche aparcado frente a la casa sonó su móvil, descargó todos los bártulos sobre el capó del vehículo para atender la llamada.
Todas las mañanas se juraba que sería más ordenada y que se administraría mejor el tiempo, sólo que llegaba tan cansada que se le olvidaba hasta la siguiente mañana.
– Si, Marcos, dime.
– Tienes que recoger al jefe en el aeropuerto.
– No puedo, de verdad que no, tengo que dejar a Celeste en la guardería y me coge en dirección opuesta. Por favor busca otra solución, o…¡que pille un taxi!
– Mara, sus órdenes han sido muy claras: que vayas a recogerlo,  desde allí os vais juntos a una reunión con un importante promotor.
– No sé cómo me lo voy a montar…Bueno,  ya veré. Voy para allá
Ayudó a la niña a subir y le ajustó el cinturón dándole un beso mientras pensaba si le daría tiempo a llevarla a la guardería o la dejaba con su madre que vivía a dos manzanas.
Optó por llamar a su madre para avisarle que se dirigía hacia su casa, pero no le respondía
– Estará dormida aún – se dijo sin mucha convicción, pues habitualmente era muy madrugadora.
Puso en marcha el vehículo y aparcó en doble fila, delante de un bloque blanco con las ventanas azules, llamó al timbre pero nadie abría. Usó sus llaves y subió apresurada al segundo piso, obviando el ascensor. Entró llamando  a viva voz a su madre y dirigiéndose al dormitorio la encontró en la cama inmóvil, con los ojos cerrados y hecha un ovillo. La tocó y respiró tranquila, estaba viva pero inmóvil. Nerviosa y angustiada marcó el teléfono de emergencias sanitarias y bajó a buscar a Celeste.
Con horror comprobó que su coche no estaba donde lo había dejado, miró a ambos lados de la calle y enloquecida empezó a correr en una dirección y luego en la otra; le faltaba el aire en los pulmones y lo único que se le ocurrió fue gritar
– ¡Ayuda! ¡Socorro! ¡Policía!    ¡Por favor ayúdenme, mi hija ha desaparecido!
Araceli Míguez. Noviembre 2013

Noche en la estación


La de vieja Atocha, una estación de tren más bella que un jardín ...




No había nada que hacer;  la única cosa era resignarme a pasar la noche en la sala de espera de la estación. Había planeado un largo y placentero  fin de semana que se desmoronaba ante mí de forma irremediable.

Era jueves por la noche y el viernes festivo. Bajé la persiana metálica de la librería antes de la hora habitual de cierre y corrí a casa a recoger la maleta. El tren salía a las diez de la noche y no era tanta la distancia que teníamos que recorrer, como el tráfico que nos encontraríamos en hora punta.

No había tenido tiempo de tomar ni un bocado. Agradecí que mi hija, además de llevarme en coche, metiera en mi bolso unas barritas de frutos secos y unas galletas.

Al llegar, casi sin aliento, me encuentro con mis planes chafados; una huelga ferroviaria y sin saber cuándo saldría el próximo tren a Madrid.

Ya en la estación, con la maleta a cuesta y el fastidio instalado en el ánimo me apropio de una mesa en la cafetería para descansar mientras me tomo un café. Saco el libro electrónico del bolso y busco alguna lectura con la que entretenerme, mientras espero que nos comuniquen la hora de salida próximo tren, confiando en que no tarden mucho y pueda aprovechar algo del este fin de semana largo, que con tanta ilusión había planeado con mi amiga Almudena.

La cafetería se va llenando de pasajeros con cara de fastidio que van ocupando los distintos asientos hasta que no queda ninguna mesa libre.

Intento enfrascarme en el último libro de la franco-marroquí  Saphia Azzeddine, Mi padre es la señora de la limpieza, cuando alguien me interrumpe:

 –Perdone. ¿Puedo sentarme en esta silla? Es la única que queda libre. Si no le importa…

Me incomoda la situación, pero lo cierto es que todos estamos en fase de espera y la cafetería está llena, por lo que le contesto afirmativamente con un movimiento de cabeza.

Sigo leyendo y sorbiendo el café, mientras capto la imagen del hombre que tengo en frente. Lleva vaqueros y camiseta celeste, y al tiempo que se sienta se quita una cazadora de piel marrón. Sobrepasa la treintena, rostro aniñado y pelo castaño muy cuidado que cae sobre sus ojos, dando un aspecto rebelde a unas facciones algo cuadradas.

Una vez acomodado, pone sobre la mesa una tableta, donde empieza a deslizar su índice de un lado a otro y de arriba abajo, centrando en el artilugio toda su atención. Ha pedido una botella de agua al camarero y deja unas monedas en la mesa cuando le traen la nota.

Me relajo y vuelvo a retomar a Polo, el adolescente y malhumorado protagonista de mi libro y así transcurre un tiempo. Un movimiento inesperado hace que se tambalee la botella que mi acompañante ha pedido, derramando un poco de agua sobre la mesa. Él, con un movimiento rápido la agarra para que no caiga y me pide disculpas por el pequeño accidente.

–Perdón, ¿Se ha mojado? Tenga una servilleta. Lo siento mucho.
–No ha sido nada, no se preocupe– le digo con una forzada sonrisa.
–Por favor, no me hable de usted; me llamo Yago– me dice tendiéndome la mano.
–Soy Martina– contesto, estrechando con suavidad la mano tendida. 

Iniciamos una conversación sobre la huelga de trenes, el tiempo, los planes chafados… mientras hemos quitamos las cosas de la mesa y él haciendo acopio de servilletas de papel seca las gotas esparcidas.

–Soy de Santiago y estoy ultimando mi especialidad de odontología maxilofacial. Terminé hace  unos años la carrera pero al no encontrar nada allí decidí seguir estudiando. Me viene a esta ciudad porque la conocía. Desde pequeño he venido de vacaciones a la finca de unos familiares en El Puerto. Me encanta el sol, tomar cañas en las terrazas en pleno invierno y ver este cielo azul más de la mitad del año; cosa difícil en mi tierra. Voy a ver a mi familia aprovechando este puente del Día de Andalucía.

–Eso siempre viene bien. Volver al hogar, los mimos de nuestra madre, las juergas con los amigos… Tu ciudad es preciosa y universalmente conocida gracias a la leyenda de vuestro mítico apóstol. No te ofendas, pero yo creo que todo es puro cuento, pero os lo habéis montado genial para atraer al turismo. Aunque las veces que he ido, el servicio de hostelería deja mucho que desear– le comento con gesto de entendida en la materia.

–Tienes razón. Me he informado y quieren hacernos creer cuentos que no tienen nada que ver con la realidad. El camino se cree que tiene un sentido de viaje interior. Antes se cruzaba de punta a punta la Península y el camino llegaba hasta Finisterre. También se cuenta que tiene que ver con el Juego de la Oca, símbolo del dios egipcio Geb, que representa la tierra, la sabiduría de lo femenino y la espiritualidad. Se ha escrito que la espiral del juego esconde claves cabalísticas y de los caballeros templarios. ¡Cómo me enrollo!  La brasa que te estoy dando. Y es cierto que para la cantidad de turistas y peregrinos que hay siempre, el servicio no es tan ágil y eficiente como aquí. ¡Pero mujer, por lo que más quieras, no hables mal de mi ciudad, que de algo hay que vivir y mientras sigan viniendo peregrinos, los compostelanos podremos ir tirando! –

El acento gallego al hablar de su tierra se acentúa y da un ritmo cadencioso a sus palabras.

–Hay otros motivos que me impulsaron a dejar la ciudad– dice cambiando de tono.

Noté su silencio como una petición a que le mostrara algún interés por saber de su vida, así que claudiqué

–¿Y se pueden saber esos motivos?– pregunté intentando que no se notara  mi curiosidad.

–Rompí con Tensi, mi novia, después de cinco años juntos y me dejó muy tocado. No quería cruzarme con ella, ni encontrármela por la ciudad. Eso era difícil teniendo el mismo círculo de amigos que frecuenta los mismos lugares. Santiago es una ciudad pequeña y todos los colegas nos movemos por la misma zona de vinos. Me engañó con Jorge, mi amigo y compañero de Facultad, con el que muchas noches estudiaba los exámenes y del que jamás me lo hubiera esperado.  Parece que estaban enamorados desde hacía tiempo y decidieron decírmelo antes de tener el más mínimo roce. Eso dicen. Esperaban que lo comprendiera y que valorara su lealtad. ¡Cabrones! Hubiera preferido enterarme de otra manera, quizás para tener motivos de darle un puñetazo y romperle la cara a Jorge,  pero en ese plan... ¿Qué haces? Yo asumí los cuernos, la traición y el dolor por partida doble y eché a correr.

–Pero no te engañaron. Al menos te lo dijeron, creo que fueron honestos– replico.

–¡No me digas que encima les voy a tener que dar las gracias!, ¡O carallo! – exclama sarcástico. 

–Y entonces te viniste huyendo de las miradas y cotilleos. No pudiste afrontar que tu novia te hubiera dejado. !Qué vergüenza! –le reprendo con una mueca dramática.

–No era para menos. Decidí largarme y empezar de nuevo, conocer a otra gente, aunque he cambiado mucho desde entonces. Ahora trabajo tres días a la semana en una cínica dental privada que me paga mal y toco el saxo los fines de semana en el Black-Jazz, no sé si lo conoces pero te invito a que vengas un viernes o sábado por la noche y me dejes destrozarte los tímpanos– concluyó sonriendo y bebiendo un sorbo de agua.

–Ahora ilústrame sobre ti– Me espetó mirándome a los ojos, cruzando los brazos, inclinándose hacia mí y ocupando la mitad de la mesa.

–No sé qué contarte. Me queda poco para el medio siglo. Tengo una pequeña librería con algo de papelería que llevamos entre mi hija y yo. Ella ha terminado la carrera de psicología, aunque siempre está liada haciendo cursos, un máster, prácticas y voluntariados varios. Hace siete años que estoy divorciada y me propongo pasar el fin de semana en Madrid. Me gusta ver las novedades editoriales, hablar con mi amiga Almudena, a la que veo muy poco y con la que compartí piso durante dos años y disfrutar de la capital. Recorro calles y plazas que me recuerdan mi juventud malasañera o las noches espitosas de Huertas o los bajos de Orense; esta última con algunos años más. Todavía Almudena y yo seguimos frecuentando algunos garitos que siguen abiertos después de treinta años. Acabo de enviarle un whatsapp para decirle que hay huelga de trenes y que la avisaré cuando sepa cuando salgo.

–De Malasaña, pasando por la marcha de Orense a una librería en Cádiz ¡Vaya salto! ¡Creo que te has dejado mucha información en el camino!–exclama divertido, haciendo un recorrido con la mano de una punta a otra de la mesa.

– Es información confidencial– replico a modo de parapeto.

–Ya que te mueves entre libros y como me gusta leer, aunque reconozco que el género policiaco es el que más me tira. ¿Qué me recomiendas que sea bueno?

– Creo que podría gustarte las novelas policiacas de Petros Márkaris, perteneciente a su Trilogía de la crisis y su protagonista, el Comisario Kosta Jaritos. El último que leí fue “Con el agua al cuello”, y me encantó. Además de la escabrosa trama, ofrece un fiel retrato de la decrépita sociedad griega actual. Es un avance de lo que ya estamos viviendo en España.

– Si lo tienes en tu librería ya tienes un nuevo cliente. Me tienes que decir dónde está, así me paso y me vas poniendo al día en este género.

La conversación discurre en ese rincón, ahora sobre literatura, con un bullicio alrededor que casi nos obliga a acercar nuestras cabezas para oírnos, posición que Yago aprovecha para retirar el pelo de mis ojos, deteniendo sus dedos en mi mejilla, en una clara señal de seducción.

Yo me echo hacia atrás con un movimiento impulsivo, intentando evitar que me toque y azorada, fijo mi vista en el libro electrónico.

Seguimos en silencio durante un buen rato, yo con un pellizco en el estómago y él mirando a los tableros de llegadas y salidas que se ven a través de los cristales.

–¿A qué hora crees que saldrá el próximo tren?, ¿Lo han dicho?–pregunta Yago con gesto impaciente.

–No, pero creo que si nos tienen aquí más tiempo sin darnos una solución voy a anular mi viaje. Estoy entumecida de estar tanto tiempo sentada.

Yago propone que ponga mis piernas sobre sus rodillas para masajear las pantorrillas y aliviar el hormigueo. Me niego y lo acuso de loco y atrevido. El insiste y busca con sus manos debajo de la mesa hasta colocarlas como había indicado, iniciando un masaje suave con los nudillos desde los tobillos hasta las corvas.

–Oye, déjate de tonterías que podrías ser mi hijo. ¿Cuántos años tienes?– le pregunto intentando parecer enfadada, aunque en realidad, estoy entre divertida y asombrada con mi atrevida postura, mientras siento sus manos presionando mis piernas.

–¿Importa mucho la edad? ¿Es que no tenemos bastante con la vida que nos roban a diario? ¿No crees que nos merecemos algo más que insatisfacción, frustración e imposición?, ¿Es que podemos elegir nuestra vida?, ¿Acaso no nos putean y nos reprimen ya bastante como para hacerlo nosotros mismos?  Ahora estamos aquí, no sabemos qué pasará dentro de una hora. Aprovechemos la casualidad, el momento, la atracción que sentimos… Esta energía casi eléctrica que hemos desatado nos está diciendo que conectamos.

Con la boca abierta, como pillada en un renuncio, lo miro asombrada. –¡No te cortas un pelo, guapo!, ¡Vaya entrada!, ¡Pero si no hace ni dos horas que nos conocemos!–

Le digo que voy a salir al andén a estirar las piernas, quiere acompañarme pero le pido que se quede en la mesa y aclaro que prefiero ir sola.

Paseo por la estación y los alrededores. He dejado la maleta en la cafetería. Me pregunto por qué no la he traído conmigo, así podría salir corriendo sin dar explicaciones. Se me pasa por la cabeza  que cuando regrese no va a estar ni Yago, ni mi maleta. No sé que me fastidia más, si parecer presa fácil para un embaucador, o tener tanta reticencia a lanzarme a vivir lo que se me ofrece.

Sigo en mis cavilaciones cuando veo a Yago con su bolsa al hombro y arrastrando mi maleta dirigirse a mí, mientras por el altavoz se anuncia que el próximo tren a Madrid tiene su salida en dos horas.

Nos sentamos en un banco de la sala de espera.

–¡Serán las cinco de la mañana cuando salga el tren!– Exclamo horrorizada, con el cuerpo dolorido y no sabiendo que postura poner.

–¿Ves? Lo que te decía; Ahora estamos en la estación, dentro de unos momentos en el tren y en unas horas cada uno en su destino. Y habremos perdido la oportunidad que nos ha brindado este encuentro de conocernos un poco más y disfrutar juntos. Hemos comprobado que también nuestros cuerpos se han comunicado en su singular lenguaje. ¿Vamos a dejar que pase este tren? Me dice meloso cogiendo mi mano y mirándome a los ojos con cara de niño bueno, al más puro estilo Brat Pitt.

–¡Peculiar modo de ligar el tuyo!  ¿Tienes complejo de Edipo o algo parecido? No sé si piensas que estoy muy desesperada o el desesperado eres tú. En cualquier caso, vas de niñato descarado.

–Mira Martina, tengo treinta y seis años, los dos somos adultos, tenemos un tiempo precioso por delante y estamos vivos. Te propongo que viajemos hasta Madrid compartiendo asientos y en el trayecto decides si quieres que pasemos el fin de semana juntos. Si decides que no, yo sigo mi camino hasta Santiago.

Siento que el suelo da vueltas, mis esquemas están haciéndose añicos y lo que al principio me parecía una idea absurda y descabellada, empieza a ser atractiva y excitante.

Yago al verme dudar me besa y pone el brazo sobre mi hombro. Mis dudas se disipan. No necesito llegar hasta Madrid.
Carpe diem.


Araceli Míguez
Febrero 2014


domingo, 19 de abril de 2020

Caperucita roja. Versión libre.

Por qué el lobo de Caperucita no es malo? – Darwinpsicologos


La tarde cae sobre el bosque y los pájaros buscan las ramas de los árboles para refugiarse del calor. 

Aún faltan unas horas para el ocaso y en la senda se combinan los rayos de sol y las sombra de los arboles jugando a dibujar abstractos claroscuros.

Una niña risueña va paseando con paso alegre y relajado, su madre siempre le dice que lleve una fina capa de un rojo bermellón por si en las tardes le da frío.

Ha recorrido ya un buen trecho del camino cargada con la cesta en la que lleva la deliciosa merienda para compartir con su abuela consistente en una caja llena de galletas de jengibre y canela junto a un termo de chocolate y la dichosa capa le estorba en estas calurosas horas . 

Va distraída contemplando las florecillas silvestres y escuchando los aleteos y el trinar de los pequeños plumíferos y pensando en que su madre cada vez que sale de casa la sermonea con lo mismo:
-Ten cuidado, mi niña, que en el bosque hay muchos peligros. No te entretengas con nadie y ve derecha a la casa de la abuela.-
-Sí, mamá. Siempre lo hago.- Miente la pequeña, pues tiene por costumbre desviarse hasta el río donde le encanta mojarse los pies, y si hace calor darse un chapuzón rápido antes de llegar a su destino.

Ese día en el camino se encuentra a un leñador que se afana en cortar un precioso y centenario árbol.
-¿Oye niña, donde vas sola por este bosque?
- A buscar setas.- Responde ella volviendo a mentir. - ¿Y tú por qué estás cortando árboles?. ¿Dónde van a ir los pájaros, las ardillas y los demás animales que viven aquí?.
- Ya se buscarán otro sitio. Oye, si me acompañas al río te mostraré unos peces de colores que saltan haciendo un arco-iris. - Propone el leñador.

La niña duda un momento pues es muy curiosa y le encanta ver los pececillos cuando se baña. Cae en la cuenta que ella acaba de estar en el río y no ha visto nada que se le parezca. Entonces se acuerda de las palabras de su madre y sale corriendo alejándose a toda prisa.

Casi sin aliento llega a las casa de la abuela, como sabe que a la mujer le gusta dormir su ratito de siesta, coge la llave que siempre deja escondida debajo del felpudo y una vez dentro busca por la estancia a su abuela. No ve a nadie y se acerca muy despacio a la habitación que está al fondo del pasillo con cuidado de no despertarla.

La puerta está entreabierta y asoma su cabecita sin hacer ruido, encontrando a su abuela dormitando con un fresco camisón de algodón y ve que reposa su cabeza sobre el hombro del tranquilo y peludo lobo que posa suavemente su pata en los cabellos de la durmiente . 

La niña sonríe, sabe que se conocen desde mucho tiempo atrás y poco a poco fueron acercándose. Desde hace un año se hacen compañía y los ha visto más de una vez dormir juntos. 

Se da la vuelta muy despacio, se sienta en la cocina a leer un extraño cuento infantil que hay sobre la mesa 'Caperucita roja y el lobo feroz'  y al tiempo que se deleita con una de las galletas hechas por su madre piensa -Vaya cuento más mentiroso. Pero... ¿Cómo pueden inventar estas barbaridades?. Cuando sea mayor tengo que escribir el cuento verdadero.-

Y siente que entre las cuatro paredes que se encuentra, junto a esos dos  seres que la aman y se cuidan es donde se siente más segura.


Araceli Míguez.  Mayo, 2014.

viernes, 10 de abril de 2020

El arroz con leche de la abuela Manuela






La luz entra por la puerta de la cocina que da a un patio donde lucen, presumidas y ufanas algunas flores de begonia de distintos tonos rojizos y anaranjados.

Los ingredientes esperan pacientemente sobre la limpia encimera de mármol blanco, se ordenan dispuestos en distintos cuencos y platos con dibujos de flores, paisajes bucólicos y algún descascarillado que indica sus años de servicio.

Mi abuela Manuela, a diario se pone su delantal de cuadritos blancos y negros con un bolsillo delantero semejante a la chistera de un mago. Cualquier cosa que le pidiera estaba en ese misterioso lugar; una gomilla para el pelo, una canica, un lápiz, hasta un pañuelo siempre limpio y presto para limpiarme la nariz.  

Recuerdo una vez que jugando a rodar por un barranco aterricé en una chumbera y se me clavaron púas hasta en el cielo de la boca. Ella primero me quitó las más grandes con unas pinzas pero tenía millones de puyas pequeñas martirizando toda mi piel. Me metió en una caldera de cinc con agua muy caliente, echó unos polvitos que sacó de su mágico delantal, según me dijo era para desinfectar el agua, y me mantuvo en remojo horas y horas, cambiando agua fría por caliente a cada rato. Consiguió que esa noche aunque con los dedos más arrugados que una uva pasa pudiera dormir.

Los rayos que entran a través del cristal se detienen en su blanco pelo, recogido en un sempiterno roete que cuando lo deshace para peinarse me asombra por su largura; hasta la cintura llega su escasa melena que sólo veo en su alcoba, durante el ritual precedente a meterse en la cama o en las primeras horas cuando el reloj tempranero le avisa que toca acicalarse para comenzar otro duro día.

Mientras ultima los preparativos y repasa murmurando, enumera y comprueba que no falta nada para elaborar el rico postre que se dispone a cocinar. En otro lado de la encimera, ya tiene las papas cortadas que reposan tranquilas soltando el turbio almidón en una cazuela con agua y sal. También están prestos los lustrosos huevos que esa mañana ha ido a recoger al corral de Mateo que terminarán en un caliente baño de aceite de oliva comprado a granel en la almazara de la Hacienda Tilly y acabarán saliendo del perol vestidos con encajitos.

Piensa en su nieta que viene a comer y le encanta su traviesa cara radiante de felicidad cuando ve que su comida favorita la espera. Zalamera y alocada, no dejará de decirle con la alegría y el alboroto que la caracteriza, lo rica que está y lo que le gusta comer en su casa.  

Recuerda todo lo vivido pero no quiere hablar de ello porque la memoria le duele más que las articulaciones. Su experiencia y su pasado moldearon una mente abierta, atea y crítica. También la amargura y la paciencia han hecho de ella una mujer sabia, sosegada y amable.

Con las manos limpias, arremangándose hasta el codo, comienza a cantar bajito 'Dime dónde vas morena, dime dónde vas salada, dime dónde vas morena a las tres de la mañana...' mientras pone la leche a calentar a fuego lento y sonríe imaginando el alboroto que se formará cuando entre como un torbellino 'el tabardillo' -así me llamaba el abuelo- y perciba el singular y delicioso aroma del postre.

Poco a poco va echando en la leche cada uno de los ingredientes en el orden que a ella le gusta y como lo había visto desde siempre hacer a su madre y a su abuela, con lentitud y precisión, dejando que cada uno expanda su aroma y sabor en el momento adecuado.

A menudo acuden a su memoria recuerdos que nublan sus ojos; todas las muertes, las torturas, las desapariciones, las sacas, los insultos, las miradas despectivas, el miedo hasta en el tuétano, el hambre, las delaciones, los escondidos, los del monte, las rapadas, los de la cuerda...Pero se dice cada mañana que eso quedó atrás aunque el brazo perdido de su marido se lo recuerde a diario.

Los granitos de arroz juegan entre el níveo líquido, disfrutando del colorido amarillo y naranja de las cortezas de los cítricos que rompen la monótona blancura e impregnan con su olor y sabor la pócima.

La leche, contenta por ser la anfitriona de tan perfumados y agradecidos invitados va creando sin descanso su fino velo de nata que le es reincorporado una y otra vez mediante el movimiento rotatorio y lento del cucharón de madera.

Manuela está toda la mañana de un sitio para otro, haciendo la compra, vendiendo los huevos de Mateo a las vecinas de la calle y cruzando el pueblo varias veces para encontrar lo que necesita. No sabe estar en su casa porque desde muy  pequeña estuvo trabajando en el campo. Y de mayor las cosas se pusieron tan difíciles que la calle era su habitat natural.

La rama de canela, consciente de su importancia se deja pasear como una reina en este carrusel festivo y acompasando, chocando con los elementos cítricos en cada vuelta, impulsados de forma reiterada por el incansable utensilio en la vieja cacerola, siguiendo el ritmo de una melodía transmitida a través de las mujeres de muchas generaciones atrás.

Sus largos y frecuentes recorridos con andares cansados denotan que no tiene costumbre de estar quieta. No quiere estar encerrada para que sus fantasmas no la pillen sola y desprevenida. Vuelve a casa con lo necesario para ese día y el tiempo suficiente para hacer la comida con calma. Después, en su mecedora dormita unos minutos y retoma la tarde con nuevos paseos y obligaciones.

El azúcar, invisible y discreta se deshace e impregna con su dulzura la cremosa mistura. Sabe esperar su gran momento y se imagina en esa delicia relamida por sus destinatarios, grandes y pequeños, que en ese momento serán un poco más felices. 

Ella, con una familia que alimentar y su marido, manco por una metralla, en la cárcel por rojo, las pocas tierras confiscadas, el estigma de republicana, no casada por la iglesia y con tres hijos cuyos nombres no dejaban lugar a dudas; Germinal, Prosperidad y Aurora Boreal, no tuvo más remedio que dedicarse al estraperlo.

La pizca de sal, aunque pequeña e invisible reclama un poco de atención, sabe que tiene la importante función de impregnar del dulzor de su oponente culinaria a todos los miembros del grupo, sobre todo a los granitos de arroz que cada vez están más crecidos y presumidos.

Su pequeña Aurora murió con ocho años de leucemia mientras su marido seguía prisionero. Tuvo que afrontar sola esta horrible pérdida y seguir buscando el sustento para sus otros dos hijos y para llevar a su hombre comida y tabaco a la cárcel. Cada dos o tres días, recorría junto a otras mujeres  del pueblo diez kilómetros de ida y los mismos de vuelta, dejando a cargo de la casa a su hija menor y mandando a su hijo a trabajar donde pudiera conseguir algún dinero.

El ritual giratorio dura largo tiempo y una vez apagado el fuego todos los ingredientes se han fundido en un dulce, aromático y cremoso abrazo, contentos de haber dado lo mejor de sí mismos y conocedores de que sabrán transmitir, además de su rico sabor, la virtud de la paciencia, una canción maternal milenaria, el cariño de la mujer que lo ha hecho posible y su historia.

A través de las bocas degustadoras, el manjar con su textura y aroma llega a los recovecos más ocultos de las almas convertido en una placentera sensación que queda grabada en la memoria en forma de amor recibido.

Araceli Míguez. Abril de 2020


jueves, 9 de abril de 2020

Tiempo extraño







Me impregna un cruel desasosiego,
me atrapa y me siento presa, extraña,
combato en la oscura telaraña
y lloro este triste ensayo ciego.

Con fuerza me defiendo. No me entrego
ni cedo, ni me rindo, ni me engaña,
la impuesta sinrazón viene con saña
y rabio de impotencia, sin sosiego.

Detesto naufragar en mar brumoso,
deseo habitar un mundo amable
que brinde libertad y un tiempo hermoso.


En breve la caricia amigable
y el beso volverá el cuerpo gozoso
y la negrura envainará su sable.

Araceli Míguez. Abril 2020


jueves, 14 de noviembre de 2019

Micros



Algo importante

Salí corriendo, algo importante estaba a punto de suceder y no quería perdérmelo, llegué con el tiempo justo a ese preciso punto de la algaida para contemplar una tarde más la puesta de sol sobre los olivares.

Cena

Ella miró el reloj y su imagen en el espejo, encendió las velas y corrigió la posición de los enseres que esperaban a ser usados sobre la mesa.

Una hora después, ella miró el reloj y su imagen en el espejo, apagó las velas y corrigió la posición de sus deseos que ya no esperaban ser satisfechos ni siquiera sobre la mesa.

Queja

Tropezó con una pequeña piedra que le hizo caer y se quejó por la existencia de la misma, siguió adelante y mirando a su alrededor se sintió perdido por no encontrar ninguna piedra que le indicara el camino.

Aeropuerto

Lo divisé a lo lejos mientras esperaba leyendo el periódico en uno de los bancos del aeropuerto y la emoción me apretó la garganta. Era él, cuánto tiempo imaginando este encuentro y ensayando las palabras precisas que se quedaron guardadas en algún centímetro de mi boca. El corazón me latía con fuerza, venía hacia mí mirando ensimismado en el móvil que traía en la mano. Cuando estuvo a pocos pasos levanté el periódico a la altura de mi cara pues, de repente, atrajo mi atención un artículo de Rosa Montero. Otra vez será.

Araceli Míguez. 2015